oxitocina

Sin oxitocina en tiempos de COVID-19

Si alguna vez leíste algún post de mi blog, sabrás que siempre parto de una vivencia personal para reflexionar sobre el «sistema» imperante y/o cuestionar el mundo en el que vivimos, trabajamos, criamos a nuestros hijos y nos vinculamos. Pues bien, este post no es la excepción. Me ocurrió algo que me llevó a pensar que el MIEDO por la «pandemia» contagió a más personas que el ya famoso COVID-19. Y como quizás ya sabes…el miedo inhibe la oxitocina, la famosa hormona del amor.

Esta última semana, en el horario en que les niñes tienen permitido salir a recrearse al aire libre (entre las 12 y las 19 horas), salí con mi hijo mayor Joaquín, de 6 años. Él estaba feliz y entusiasmado. No hay demasiados sitios con sombra y sin cemento por mi zona y estamos a más de un km de la playa…Aún así encontramos un lugar donde les niñes pueden andar en patinete o en bici, saltar, correr y moverse en libertad durante… ¿50 minutos?

Y fue en estas salidas controladas donde pude observar que el distanciamiento social ya es una triste realidad. Algunos vecinos y desconocidos estaban allí, acompañades de sus hijes. Vi como el distanciamiento social había pasado de las palabras y recomendaciones a los cuerpos. Les niñes, naturales, impulsivos y afectuosos tendían a buscar contacto entre elles, como siempre. Al mismo tiempo los adultos a su cargo intentaban evitar que se besaran, se tocaran o abrazaran. Fue raro e incómodo. ¿Acaso la pandemia cambió por completo la forma en la que nuestros hijes deben vincularse? ME NIEGO.

Sin oxitocina morimos en vida

Volví a casa asombrada por la situación.  Y, como de costumbre, decidí que escribiría sobre los sentimientos y pensamientos que despertó en mí aquella situación. El miedo al contacto físico, supuestamente en pro de preservar la salud, nos puede conducir a vivir sin amor y a alejarnos de nuestra esencia. 

Siempre relato que el nacimiento de mi primer hijo, Joaquín, me despertó y me condujo hasta aquí, por un camino difícil…Atravesando muchas sombras pero, sin duda, un camino de mucho crecimiento. En coherencia con la fisiología y la sanación para evolucionar es que transito mi maternidad y acompaño, amorosa y respetuosamente, otras ma-paternidades y crianzas. Así como también otros procesos.

En efecto, la cesárea por la que nació «Joaco» fue la experiencia de violencia más brutal que sufrí en mi vida. Fue mi gran despertar. Me abrió los ojos ante el desapego y el desamor que rodean las actuales formas de nacer (medicalizadas). Y es que, en definitiva, la forma de nacer determina cómo vivimos y en consecuencia como morimos.  Todo en un contexto de sociedad capitalista, patriarcal, misógina, violenta, autoritaria y, por supuesto, adultocéntrica. 

Ante esto, decidí hacer algo. Descubrí que mi misión de vida era dar a las mujeres herramientas o, mejor dicho, demostrarles sus propios recursos para guiarlas hacia su esencia. Para que pudieran parir, amamantar y criar desde el amor, libres. Estaba (y estoy) convencida de que criando con amor es posible un cambio de paradigma.

Ese círculo virtuoso que comenzó a delinearse hace seis años en aquella «innecesárea» se cerró maravillosamente con el nacimiento de Romeo en casa en un parto absolutamente fisiológico.  

Todo iba bien. Justo cuando estaba en la cumbre de la sanación de todo este recorrido, de la noche a la mañana, nos agarró esta pandemia. Coincidiendo con mi segundo puerperio (esta vez no tan oscuro). Y aquí vuelvo al presente imperfecto que nos toca vivenciar. 

Esta pandemia llegó en el momento preciso en el que las mujeres estaban recuperando su PODER. Ese poder para parir, amamantar a término, cuidar y sostener piel con piel, maternar en tribu, cuestionar el sistema educativo, entre muchas otras cosas. Coincide también con el movimiento feminista y sus conquistas. Las mujeres al fin habíamos comenzado a dejar de juzgarnos para acompañarnos con empatía y sororidad.Ya lejos de la competencia y la violencia. Algunas parejas empezaban a cuestionarse sobre la monogamia muy funcional al sistema y comenzaba a circular el término «poliamor».

Esa coyuntura con miras a un cambio, de repente, se desmoronó o al menos está sufriendo un cimbronazo. ¿Por qué? Desde el inicio de la cuarentena obligatoria, las consignas fueron (son) «no tocarse», «no abrazarse», «no reunirse», «no…», «no…», «no…». Hasta nos sugirieron posturas sexuales adecuadas o anticontagio para no tener demasiado contacto (ni besarse, ni mirarse) Muy satisfactorias para el sexo masculino ¿Estamos locos?

Todas estas medidas, 100 % antifisiológicas, van en contra de la hormona más importante que le da felicidad a nuestro ser y a nuestro cuerpo: la oxitocina. Es la hormona del amor, del estado de excitación, de placer…Se produce, por ejemplo, cuando hacemos el amor, cuando tenemos un orgasmo, cuando amamantamos, cuando parimos…Cuando nos abrazamos, acariciamos a nuestra mascota, reímos a carcajadas. Cuando logramos intimidad con alguien, nos besamos o nuestras retinas captan algo que nos fascina. Incluso cuando comemos lo que nos gusta.

Es decir, la oxitocina se libera de forma natural ante situaciones positivas y enriquecedoras que nos conectan con los demás. Somos con los demás; somos en la medida en la que intercambiamos con un otro. Vivimos experiencias en compañía y nos conectamos física y emocionalmente con quienes nos rodean. Al vincularnos y compartir experiencias con otros evolucionamos, sanamos y nos encaminamos hacia el «más amor». Alejándonos, así de la frialdad tan siglo XXI. Es lo que nos permite sentirnos felices, demostrar afecto y realizarnos también, de alguna manera. 

Sin buenas cantidades de oxitocina la vida no es igual. Sin esta hormona facilitadora y dadora de VIDA tendremos una muerte en vida.

Más amor por favor

Hoy, por miedo a los contagios por COVID-19 se están promulgando métodos arcaicos y otros más novedosos y sofisticados para privar del contacto físico y emocional. De hecho, en tiempos de pandemia, estamos muriendo en soledad, sin un ser querido que nos mire a los ojos y tome nuestra mano. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a acatar? 

Reina la paranoia. Y yo no quiero vivir esa vida. No pienso dejar de abrazar y besar a los míos y experimentar el amor con libertad.

La pandemia hoy es el MIEDO. Frente a la «medicalización» de la vida cotidiana y la proliferación de máquinas en reemplazo de personas (teletrabajo, robotización, clases online y más), creo que volver a la esencia es el único camino. En este contexto de hostilidad y desapego, de distanciamiento físico y, en consecuencia, emocional o afectivo, la salida es el AMOR, siempre.

3 comentarios en “Sin oxitocina en tiempos de COVID-19

  1. Inés lorenzo dijo:
    Avatar de Inés lorenzo

    Comparto totalmente.Tenia muchas ganas de escribir sobre el miedo: ese miedo al otro y los niños que no deben acercarse a los mayores.
    Que casualidad que con tantos conflictos vinculados al apego; la primera medida que surge es la distancia social.Muy lindo leerte.

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